De paseo por Colombia 2018.

La Wajiira.

Aterrice el 27 de Abril de 2018 en El Dorado, en Bogotá, con una inmensa cola para el control de pasaportes que me hizo salir hacia casa de mi amiga Fátima demasiado tarde en la noche como para disfrutar de mis primeras horas en Colombia.

Si estaba en Colombia, viajando sola con mi mochila y empezaría mi trayecto junto a Fátima por La Wajiira. Fátima me esperaba con una cena ligera, una cómoda cama (que necesitaba y mucho tras tantas horas de vuelo mal durmiendo), en un bello apartamento en el corazón del Barrio de La Candelaria.

Al día siguiente, antes de coger nuestro vuelo pudimos desayunar tras dar un breve paseo por el barrio e ultimábamos nuestro equipaje para nuestra primera aventura en común. Salimos bajo una intensa lluvia hacia el aeropuerto Puente Aéreo (con error inicial y bus lanzadera incluido). Mi billete daba opción a sala VIP donde mal comí varios sándwiches. Tras un vuelo bastante accidentado aterrizamos en Riohacha, la capital económica de la región.  Nos dirigimos en taxi hacia nuestro alojamiento en el Bona Vida en la Quinta, donde compartimos una acogedora habitación doble con baño por un muy buen precio. El sitio es muy bonito, limpio, cuidado y bien decorado, además su personal es muy amable y tiene unos buenos desayunos incluidos. Es mucho más que recomendable. Paseamos por el la orilla del mar, y cenamos juntas en la playa en Corona Malecón Playa Lounge: Canasta con Cangrejo, Camarones, Papas y Aros de Cebolla… Demasiada comida para dos. La gente muy amable y la comida buena, pero con la música demasiado alta que impedía mantener una conversación. Nos fuimos a dormir temprano y compartir una cerveza en el Hostel junto a un equipo de Rugby de Barranquilla.

A la mañana siguiente, nos fuimos tras el desayuno hacia Uribia, capital del pueblo wayú, en un transporte compartido con una madre y sus dos niñas. Nuestro conductor, Jorge (+57 3177379724), muy amable y atento nos fue contando mucho de la zona, su negra historia de violencia, contrabando con Venezuela y narcotráfico. Si vais por allí, no dudéis en llamarle. Nos explicó las diferencias entre las Castas Wayúu y sus enfrentamientos, en qué consisten las Rancherías que estructuran como pueblos entre familiares cercanos y de cultura poligamica para el hombre, donde falsamente las mujeres son las que enamoran a un hombre, pero existen patriarcas que llaman a la lucha contra quien ofende a uno. La ley de la zona, es la que imponen los clanes Wayúu, cobrando por pasar por los caminos de sus tierras, donde las diferencias pueden acabar a “Plomo o plata” y que poco a poco se abre al turismo, manteniendo sus costumbres, siendo la pesca, el pastoreo caprino y el contrabando son su fuerte de ingresos.  Un caldo de cultivo de violencia debido al exceso de armas de contrabando, seguramente orquestado para echar a la mayor comunidad indígena de Colombia de sus tierras, para explotar sus recursos naturales, como el carbón o energía eólica sin la oposición existente actualmente.

Los paisajes bellos y duros me van recordando cada vez más a algunas zonas de África que he visitado, cada vez más desérticos e inmensos, con coches viejos cargados hasta arriba de mercancías y personas y cabras cruzando alocadas la calzada. En el cruce de Uribia donde esperamos nuestro siguiente transporte de Mochileros People, (Yuyo +57 3122115655), que me recordó a mis horas de espera en Gambia.

El camino hacia Cabo de Vela en jeep, fue duro por caminos sin asfaltar, atravesando el desierto inhóspito, duro y caluroso. Junto a nosotras viajaba Josef, un simpático chico italiano que se convertiría en nuestro nuevo compañero de aventuras y con el que yo me volvería a rencontrar, ¡qué bien que nos vimos! Tras la comida de pescado fresco en el Rancho de Alvis, regentado por Luisa una majísima y alegre joven, donde también nos alojaríamos en unas hamacas, (10.000 Pesos Colombianos) en chamizos de la playa, y tras un refrescante baño, comenzamos los tres la excursión por la zona junto a Yuyo, que nos hizo un bello tour conociendo la Playa Arco Iris, impresionante playa de rocas casi lunar, el Pilón de Azúcar con la Virgen de Fátima vigilando el Mar Caribe desde la cumbre y una bella playa con pizarra verde y fuertes. También hicimos una parada en el Ojo del Agua, otra bella playa resguardada por imponentes acantilados. Acabamos los tres viendo el magnífico atardecer en el Faro.

Volvimos cantando y bailando en el coche, para terminar yendo con Luisa a comprar los ingredientes de la cena, y antes de acostarnos en nuestras hamacas bajo la luz de la luna y escuchando el ronroneo de las olas, pudimos tener una interesante conversación sobre la actualidad en Colombia y en La Wajiira, la masacre de la Bahía Portete con más de 300 muertos, la zona mágica de Nazareth, el parque Nacional de Macuira… (Lugares pendientes para la próxima visita).

A las 5 de la mañana estábamos en pie, para comenzar la nueva jornada que nos llevaría hasta Punta Gallinas, la última región, la última frontera. Este día seria Sergio (+57 3105010073) nuestro chofer. En su coche viajaba Alicia, una salmantina aventurera afincada en Francia formaría parte de mi viaje. ¡Qué bueno conocerte! Un camino agreste, curvo, lleno de polvo, baches y piedras, con caminos cortados por las mareas que nos obligaron a retroceder y múltiples paradas para hacer el pago por el paso de los caminos, siendo las niñas y los niños encargados de este cobro, por lo que su asistencia a clase no es constante debido a esta labor que hace llevar comida, agua y dinero a sus familias.

En dos barcas a nuestro encuentro en Bahía Hondita y en 10 minutos de navegación llegamos al Campamento de Alexandra, con las hamacas a 15.000 Pesos. El tour (150.000 COP) antes de comer hacia el Faro, El Mirador de Casares y la playa de las Dunas de Taroa cuyo ascenso es complico subiendo una alta dura que te impide casi avanzar y con un calor extremo. Un baño en sus frías y aguas bravas antes de regresar al almuerzo (15.000 COP). Un ratito de relax y caminos hacia la playa Punta Agujas para ver atardecer. Volvimos con nuestras linternas, nos encontramos con un grupo de chicos que volvían de la Escuela y aun les quedaba un largo camino hacia sus casas. Tras la cena del típico plato de chivo.

No olvido la conversación con nuestro chofer del tour de la mañana, (prefiero no mencionar su nombre), que me explico la historia de violencia que había existido en la zona entre los wayúu, los grupos de narcotraficantes, los contrabandistas y los paramilitares. Historias de avionetas que llegaban a la zona desmontadas, la acción de los “Palabreros” que negociaban salidas amistosas entre las partes normalmente con poco éxito, la organización para atacar al enemigo que a veces era común entre algunos, tras que las ancianas hicieran rituales para saber la suerte que se correría en el enfrentamiento. Historias de vida, que realmente desconocemos y que intentare conocer mejor tras esta conversación.

La noche la pasamos en una hamaca que miraba a la luna, un cerdo que se comió algunas mochilas, (¿verdad Josef, 🙂 ?), y un despertar temprano para comenzar el regreso hacia Riohacha, por caminos imposibles, bordeando lagos con espuma de sal, atravesar un desierto plano e infinito. Pero la aventura tenía que ser, comenzó una tormenta de arena que hacía que casi no pudiéramos ver nada desde los cristales del jeep, pero esto hubiera sido anecdótico. De repente un bache, un gran ruido… y ¡Sin rueda. Estábamos varados!

Al menos íbamos 3 coches, cambio de ruedas bajo la tormenta de arena, enderezar el eje con un alambre y seguir despacio con menos gente en ese coche para poder llegar a la Gran Vía en la Alta Guajira para poder hinchar la rueda. Cuando llegamos, entre todos comentamos la aventura en el desierto y compartir un licor.

Llegamos a Uribia donde nos despedimos del grupo, ya que Fátima, Josef y yo nos fimos hacia Maicao. Experiencia agria en frontera, con demasiada pobreza y situaciones de exclusión, arrebatos de racismo y desigualdad. Fuimos hasta “La Raya” en un coche por 5.000 COP por trayecto. Conocimos a una chica venezolana residente en Bogotá, que nos explicó sus miedos para cruzar la frontera, (cerrada a los vehículos), por sus experiencias anteriores que cruzo por una “trocha” (vimos varios caminos cargados de personas entrando por ellas.), donde cada vez le pedían más dinero y vio en riesgo su seguridad.

Volvimos a Riohacha en bus regular, nos despedimos de Josef y Fátima y yo volvimos al Bona Vida en la Quinta, en nuestra última noche juntas antes de comenzar mi aventura en solitario, (bueno eso creía yo, y os lo contare en próximos post), por el resto del país. Cenamos de nuevo en Corona Malecón Playa Lounge porque queríamos estar en la playa y su música inicialmente estaba a un volumen adecuado, (luego la situación cambio y nos tuvimos que marchar). Ceviche de Langostinos y Ensalada de Camarones junto dos cócteles y una cerveza por 35.000 COP. Al día siguiente nos separábamos y madrugábamos por lo que tras la última cerveza en la zona, nos fuimos a acostar temprano agotadas.

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